Amma: una narradora/sanadora de tradición sufi

 Joyce Burkhalter Flueckiger  compartió desde 1990 hasta con  Amma, una sanadora sufi en la ciudad india de Hyderabad. Casada con Abba,  un mursid o lider espiritual sufi,  Amma es una sanadora atípica, porque practica profesionalmente en un espacio tradicionalmente masculino, y no se limita a atender a mujeres musulmanas y parientes cercanos, sino también a hombres y pacientes hindúes y cristianos.  Burkhalter señala la importancia de los “individuos atípicos” para mostrar el grado de  flexibilidad de los sistemas culturales y religiosos.

La práctica se basa su poder sanador en el uso del Corán, y solo contra afecciones causadas por varios tipos de “mal de ojo”  (asrat). Amma su cualificación por ser esposa de un mursid. Pero Abba reconoce un carisma que su estilo paciencia y el amor: “Vienen llorando y se van riendo”. 

Abba y Amma son expertos narradores de historias. Ambos cuentan, cuentos tradicionales. su autoridad como sanadora a través de experiencia personal y la narración pública de sueños y visiones.

La simbiosis entre Amma, sanadora y Abba, su marido maestro sufi.  Mientras Amma atiende a los pacientes que”muestra el camino”, a través de la narración de historias, que delinean el marco en que se desempeña la actividad sanadora de Amma.

Joyce Burkhalter Flueckiger nació en India en una familia menonita. Es profesora en el Departamento de lReligión en la University of Emory, Atlanta, EEUU. 

Historias terapéuticas: La Medicina Narrativa

Marian C. Rodríguez

“Si me cuentas tu mal, será remediado.”

Palabras de Pleberio a Melibea

Acto 20 de La Celestina, Fernando de Rojas.

En un prefacio sobrecogedor a The Narratives of Illness (1988) el psiquiatra y antropólogo médico Arthur Kleinman cuenta de una niña de siete años que tuvo que atender en sus prácticas de medicina cuando aún era un joven estudiante clínico. El cuerpo de aquella niña estaba cubierto de quemaduras, y todos los días había que sumergirla en una bañera para desprenderle la piel muerta. Mientras sujetaba la mano de la niña, Kleinman trataba de distraerla de su dolor hablándole de su escuela, de su casa, de su familia, pero no lograba calmar sus gritos. Hasta que un día, en su impotencia, le preguntó sin pensar cómo lograba soportar su dolor, qué significaban para ella aquellas quemaduras y tener que acudir diariamente a aquel ritual lacerante. La niña le miró con estupor y agarrando con fuerza su mano le empezó a contar su historia, cesando en sus forcejeos y en sus gritos.

Por primera vez, Kleinman prestó atención a la experiencia de enfermedad del propio paciente, y se dio cuenta de que ayudar a poner orden en dicha experiencia podía tener valor terapéutico (Kleinman 1988: xii), erigiéndose así en precursor de la llamada Medicina Narrativa o Medicina Basada en Narrativa (MBN), un enfoque emergido en EEUU en los años 90 dentro de la propia biomedicina con el propósito de rehumanizar la relación médico-paciente.

El “efecto terapéutico” que se atribuye a las historias de enfermedad que se cuentan en los encuentros clínicos entre médicos y pacientes —en particular con enfermedades crónicas o “incurables”— aparte de mitigar el sufrimiento psicológico, ha demostrado tener efectos sobre variables fisiológicas como el dolor físico, la tensión arterial o las funciones pulmonares, entre otras (Fioretti et al. 2016), en cuya compleja etiología quiero mostrar la importancia de tener en cuenta las variables culturales y sociales. ¿Qué factores subyacen a esta “eficacia terapéutica” de las historias de enfermedad? ¿Qué teorías se han aventurado desde la biomedicina y la psicología? ¿Qué aporta el enfoque antropológico, al tomar en consideración las dimensiones sociales y culturales del encuentro clínico donde se narran estas historias?

Estas son las preguntas que guiarán este artículo, un breve estudio de caso de revisión bibliográfica en torno a los “poderes” específicos de las historias aplicadas a fines prácticos. En él (1) revisaré algunos conceptos de la antropología médica que considero útiles para abordar esta “eficacia terapéutica” de la narrativa. Luego esbozaré (2) un breve historia de la MBN en EEUU, por ser este su contexto de emergencia, y expondré (3) los tipos de historias que se usan en MBN y los beneficios que se le atribuyen tanto para los profesionales de la salud como para los pacientes. Luego me centraré concretamente en (4) el “efecto terapéutico” de las historias de enfermedad que se narran en los encuentros clínicos de MBN, revisando algunos (4.1.) casos ilustrativos, así como los modelos explicativos con que se ha abordado el tema desde (4.2.) la biomedicina (4.3) la psicología (4.4.) y la antropología médica.

1. Algunos conceptos teóricos

El médico clínico puede considerarse un ejemplo de “hablante autorizado” (Bourdieu 1982) cuya autoridad simbólica explicaría en parte para algunos autores “la eficacia simbólica” (Bourdieu 1982; Lévi- Strauss 1948) o “el efecto terapéutico” de ciertos encuentros entre médicos y pacientes (Benedetti 2014; Moerman 2002: 32). Sin embargo, esta autoridad no agota las explicaciones del fenómeno que algunos biomédicos llaman “efecto placebo” (Benedetti 2014). Este efecto se reconoce de tal complejidad (Moerman 2002: 4; Shapiro & Shapiro 2000) que algunos abogan por desechar enteramente la expresión “efecto placebo” (Schapiro & Shapiro 2000), sustituirla por expresiones más “neutras” (Forcades et al. 2007) o usarla exclusivamente para nombrar los efectos de las drogas o tratamientos “inertes” en los “ensayos controlados aleatorios” —randomized controlled trials— en contextos clínicos (Moerman 2002: 4). De las muchas definiciones propuestas, en este capítulo haré uso de la expresión “efecto terapéutico”, defendida por Forcades et al. (2007), por no implicar ninguna hipótesis concreta sobre las causas de la mejoría del paciente. Sin embargo al adentrarme en las presuntas dimensiones culturales de dicho efecto, usaré de nuevo las expresión “eficacia simbólica” (Bourdieu 1982; Lévi-Strauss 1948), y la más reciente “respuesta al significado” —meaning response—, acuñada por el antropólogo médico Daniel E. Moerman (2002), en su esfuerzo por incorporar al análisis del “efecto plecebo” los aspectos simbólicos que podrían estar influyendo en la mejoría de los pacientes, y que define como “los efectos psicológicos y fisiológicos del significado en el tratamiento de la enfermedad” (Ibid.: 14).

Usaré para este caso la palabra “narrativa” en vez de narración oral o storytelling, porque los métodos de la MBN se basan tanto en la narración oral como escrita, y también por ser el término de preferencia en este ámbito profesional.

2. La emergencia de la Medicina Narrativa en los Estados Unidos

Abraham Flexner, autor del informe “Medical Education in the United States and Canada”, de 1910, que reformó la educación médica en EEUU y Canadá. 

Según Johna y Rahman (2011) el proceso de “deshumanización” de la relación médico-paciente en los E.E.U.U comenzó con la reforma de la educación médica en 1910, con el llamado Flexner Report , financiado por la Carnegie Foundation for the Advancement of Teaching, una comisión encargada de evaluar la educación médica en los E.E.U.U. y Canadá. El educador estadounidense Abraham Flexner (1866-1959) definió estrechamente el objetivo propio de la medicina como ” un intento de luchar en la batalla contra la enfermedad”, y argumentó que los médicos debían ser entrenados principalmente en los métodos de la ciencia natural. El modelo de enfermedad de Flexner se centraba así en las alteraciones de las estructuras y funciones biológicas —disease—, sin prestar atención a las variables psicológicas y socio-culturales. El desapego profesional se interiorizaba desde muy temprano en la formación médica. Por décadas los estudiantes americanos memorizaron el acrónimo SOAP —subjective, objective, assesment, plan—que establecía la separación binaria entre médico —sujeto— y paciente —objeto— (Morris 2008). El paciente era así definido por su cuerpo y el médico por su mente científica. Por su parte, la lógica de mercado privó también de tiempo y disposición a los médicos para reflexionar sobre sus experiencias clínicas. La tecnología también jugó un papel relevante en la deshumanización de los encuentros clínicos, al informatizar los informes médicos y socavar el valor terapéutico de la comunicación directa y empática entre médicos y pacientes (Johna & Rahman 2011).

A partir de los años 70, médicos como Edmund D. Pellegrino empezaron a expresar su malestar contra el modelo de Flexner, pidiendo retornar a enfoques que situaran al paciente en el centro de la relación terapéutica (Johna & Rahman 2011). Se acuña así el concepto illness para diferenciarlo del concepto disease (Helman 1981), una nueva aproximación a la enfermedad que sitúa el foco de atención en “la perspectiva del paciente sobre su mala salud, una perspectiva que es muy diferente del modelo de disease” (Ibid. :548). Las variables de la enfermedad como illness pueden identificarse, entre otras formas, a través de una escucha atenta a los significados cifrados en las historias que los pacientes relatan sobre la experiencia de su enfermedad.

La Dra. Rira Charon, co-creadora de la Medicina Basada en Narrativa.

Por su lado el llamado “giro narrativo” en las humanidades y las ciencias sociales (Polleta et al. 2011), permeó también las profesiones de la salud en los años 80: Polkinghorne et al. hablan así también un “giro narrativo” en el campo médico (Kalitzkus y Matthiessen 2009). Entre otras obras emblemáticas se publican The Illness Narratives: Suffering, Healing and the Human Condition de Arthur Kleinman (1988) The Narrative Structure of Medical Knowledge de Kathryn Montgomery Hunter (1993). A su vez, médicos formados también en Estudios Literarios como Rita Charon exploran las maneras de aplicar el conocimiento narrativo a la rehumanización de la práctica clínica. Surge así la Medicina Narrativa, término acuñado por Charon en un artículo del año 2000, que la define como “la práctica clínica reforzada por la competencia narrativa de reconocer, absorber, interpretar y ser movido por las historias de enfermedad.” Charon menciona como co-creadores de la MBN a la pediatra Sayantani DasGupta, el filósofo Craig Irvine, el psicoanalista Eric Marcus, la académica literaria Maura Spiegel y la abogada especialista en salud Patricia Stanley (Charon 2007: 1265). La Medicina Narrativa o Medicina Basada en Narrativa pretende así ofrecer una respuesta a las limitaciones de la llamada Medicina Basada en Evidencia, aunque hoy ambos enfoques se consideran complementarios y se están tratando de sintetizar en la llamada Medicina Basada en Evidencia y Narrativa (MBEN) (Kalitzkus & Matthiessen 2009: 80). Tras sus primeros 30 años exploratorios, se celebró en 2014 la Conferencia de Consenso de Roma, que definió la MBN como “una metodología de intervención clínica basada en una competencia comunicativa específica”, y como “una herramienta fundamental para adquirir, comprender e integrar los diferentes puntos de vista de todos los participantes que tienen parte en la experiencia de la enfermedad” (Fioretti 2016).

3. Las historias de enfermedad y cuidados en la MBN

La medicina narrativa explora cómo las historias de enfermedad y cuidado de enfermos facilitan la comprensión mutua entre pacientes y cuidadores, y cómo por otro lado revelan aspectos importantes del contexto cultural y socio-histórico de los enfermos y la práctica médica. Kalitzkus & Matthiessen distinguen cuatro grandes géneros de narrativas médicas escritas: las historias de pacientes, que permiten a los enfermos dar sentido a su sufrimiento; las historias de médicos, que estimulan la auto-reflexión y en el caso de los médicos aquejados de enfermedad, la empatía hacia la perspectiva del paciente; las historias de encuentros entre médicos y pacientes, donde se genera una narrativa “co-creada” en que ambas partes aportan significado a la historia de enfermedad desde sus propias perspectivas; y las grandes historias o meta-narrativas que hablan de los significados socio-culturales de la salud y la enfermedad que habitan el trasfondo de las historias concretas (Kalitzkus & Matthiessen 2009: 81).

Pero las historias también se expresan oralmente en los encuentros entre médicos y pacientes. Según Kalitzkus & Matthiessen, estas historias tienen otro tipo de potencial comunicador. Son menos elaboradas y reflexivas y más directas que las narrativas escritas. Es en estos encuentros verbales donde comienza el crucial proceso de co-creación de historias de enfermedad. Aunque los médicos son entrenados en tomar historias médicas descartando la “información inútil”, Kalitzkus & Matthiessen afirman que si se deja fluir la comunicación, la mayoría de pacientes no requieren demasiado tiempo para expresar el núcleo de sus preocupaciones. Esta narrativas no solo proveen contexto para los síntomas fisiológicos y los resultados de los análisis médicos, también expresan los significados que la enfermedad tiene en el contexto de la vida del enfermo, y que es importante descifrar. En un debate contemporáneo se discute hasta qué punto el médico influye en la creación de la historia del paciente, y cómo los médicos pueden jugar un papel importante en crear y formular nuevas historias y ayudar a los pacientes en su proceso y estrategia de asunción de la enfermedad (Ibid.: 83).

4. El efecto terapéutico de las historias de enfermedad

4.1. Algunos casos

Aparte de explorar “el potencial comunicativo” de las historias de enfermedad y cuidados en la rehumanización del encuentro clínico, diversos estudios están demostrando también su “eficacia terapéutica” sobre los síntomas de los pacientes. Así, Chiara Fioretti et al. publicaron en 2016 la primera revisión sistemática de estudios de investigación basados en la MBN conducidos con pacientes y cuidadores, para clarificar la evidencia científica sobre el papel de dicho enfoque en la experiencia de la enfermedad. Entre ellos se incluyen varios estudios sobre los efectos terapéuticos del enfoque narrativo en la salud de los pacientes. Así por ejemplo, Chocinov et al. trabajaron la narrativa en terapia de la dignidad con pacientes terminales, pidiendo a los enfermos escribir una novela sobre los asuntos que más les preocuparan de sus vidas, o sobre la forma en que les gustaría ser recordados. En los tests realizados con posterioridad se detectó una mejora sustancial de los síntomas depresivos de los pacientes y de su sentido de la propia dignidad, así como una disminución del sufrimiento. Por su lado, Houston et al. investigaron el uso de las intervenciones narrativas en la mejora de la presión sanguínea en pacientes hipertensos (Fioretti et al. 2016). Kalitzkus y Matthiesen (2009: 84) mencionan a su vez el estudio de Hatem y Rider con pacientes con asma que experimentaron mejorías en sus funciones pulmonares tras escribir sobre sus experiencias estresantes, y con un grupo de pacientes con artritis reumática que experimentaron también un declive de los síntomas de la enfermedad tras una intervención similar. Por su parte, la Universidad Javeriana de Colombia concluyó en 2006 un estudio sobre efectos de la MBN en la intensidad del dolor y calidad de vida en pacientes de cáncer.

4.2. Aproximaciones biomédicas: el encuentro médico-paciente y el impacto fisiológico de las emociones

En un esfuerzo por dar sentido a la diversidad de teorías etiológicas sobre el “efecto placebo”, Asbjorn Hróbjartsson (2001) ha señalado como una de las principales líneas explicativas la que explora los efectos terapéuticos de la relación médico-paciente. Según Goli (2016: 92-03), esta idea del doctor y la relación-médico paciente como placebo es de larga tradición. La idea subyacente es que las expectativas del paciente respecto a la capacidad del doctor de ofrecer ayuda efectiva, o respecto de su capacidad para brindar confort y seguridad, pueden actuar como un factor poderoso para aliviar su malestar. Esto puede lograrse con mayor facilidad si el doctor ayuda al paciente a narrar sus síntomas y su sufrimiento para dar sentido a las experiencias relacionadas con su enfermedad.

Desde la biomedicina se han sugerido diversos modelos para explicar el efecto terapéutico de la relación médico-paciente. En el modelo propuesto por Fabrizio Benedetti (2010), profesor de fisiología y neurociencia en la Universidad de Turín, se entreveran las dimensiones psicológicas y biológicas. Benedetti distingue cuatro fases en la relación médico-paciente, analizando en cada una de ellas las emociones involucradas y los mecanismos que estas desencadenan en la bioquímica cerebral y otras funciones fisiológicas. Así la primera fase, “sentirse enfermo”, involucra la percepción de síntomas. En la segunda fase el paciente siente el impulso de buscar remedio, “un “comportamiento motivado que está dirigido a suprimir el malestar”. En la tercera fase, el encuentro entre el paciente y el terapeuta, se da la conexión social entre el paciente sufriente que expresa su malestar, y el doctor empático. Según Benedetti, este encuentro social es crítico para disparar las “respuestas placebo”. El autor examina aquí los mecanismos neuronales y bioquímicos de la empatía y la compasión en el médico, de la confianza y admiración en el paciente, de su esperanza o desesperanza, y del hecho de atribuir significados positivos o negativos al dolor. Según Benedetti, en esta interacción médico-paciente el elemento clave es el médico o profesional de la salud, cuyas actitudes, palabras y comportamientos parecen ser de importancia crucial en el éxito terapéutico, así como su uso de instrumentos médicos y medicamentos. Por último, la cuarta fase consiste en la recepción de la terapia, donde según la calidad de la tercera fase e independientemente de su efectividad o inefectividad real, se desencadenarán o no “las respuestas placebo” (Benedetti 2010).

4.3. Aproximaciones psicológicas: la personalidad de médicos y pacientes

Muchos estudios sobre el “efecto placebo” se han centrado en la importancia de ciertos factores psicológicos en la obtención de respuestas terapéuticas positivas. Por un lado se ha señalado la importancia de las cualidades psicológicas del médico (Benedetti 2010; Moerman 2002: 41), y por otro las de los pacientes. Benedetti señala así que rasgos de personalidad como el optimismo y el pesimismo hacen a las personas más propensas a tener “respuestas placebo” o “nocebo”. Por su parte Moerman (2002: 33) ha revisado los resultados de varios estudios sobre el efecto placebo basados sobre las variables de personalidad de los pacientes (Fisher & Fisher 1963; Gartner 1941; Muller 1961; Walike & Meyer 1966, citados en Moerman 2002: 33-34), señalando la inconsistencia de sus repuestas y concluyendo que no hay una manera confiable de saber quien va a responder al placebo y quien no.

4.4. Aproximaciones antropológicas: las dimensiones socio-culturales del encuentro médico-paciente y de las historias de enfermedad

Además de las explicaciones biomédicas o bio-psicológicas, otros autores han señalado la importancia de los factores sociales y los significados culturales que pueden estar interviniendo en el efecto terapéutico de la relación médico-paciente. En particular los antropólogos médicos —y los médicos formados como antropólogos— se han situado en una posición privilegiada para entender estas dimensiones socio-culturales. Dentro del actual modelo crítico de la antropología médica (Martínez 2013) hay enfoques interpretativos que priorizan los aspectos simbólicos y fenomenológicos de los procesos de salud y enfermedad (Alonso 2008; Good 2003; Kleinman 1988; Moerman 2002). En esta perspectiva se enmarca el libro Meaning, Medicine and the Placebo Effect (2002) del antropólogo médico y etnobotánico estadounidense Daniel E. Moerman, que examina la variabilidad cultural en la reacción humana al significado del tratamiento médico.

Moerman sostiene que muchos efectos en medicina no pueden explicarse por la eficacia de los medicamentos o las intervenciones quirúrgicas: la misma droga puede producir diferentes efectos si se presenta con distintas formas, etiquetas o colores. De la misma manera, una sustancia inerte puede tener efectos notables sobre ciertas personas, y dejar a otras indiferentes. Por otro lado, una misma enfermedad puede entenderse de maneras muy diferentes en diferentes culturas, y estas variaciones pueden cambiar dramáticamente los efectos de los tratamientos, medicamentos e intervenciones sobre los pacientes. El concepto de “respuesta al significado” (meaning response) que propone para sustituir al de “efecto placebo”, incorpora así la dimensión antropológica al estudio del efecto terapéutico, invitando a explorar cómo se construyen en diferentes culturas los “síntomas”, la búsqueda de remedio, el contexto terapéutico, el encuentro sanador-paciente, la “enfermedad”, el “médico/sanador”, el “tratamiento”, etc.

Moerman dedica todo un capítulo al efecto terapéutico de la relación médico-paciente. Según el autor, y refrendando las observaciones de Benedetti citadas más arriba, un hallazgo generalizado es que el factor más importante de la “calidad significativa” de la medicina parece emanar del médico, observación ya aventurada en 1938 por W.R. Houston en “The Doctor Himself as Therapeutic Agent”. Entre las cualidades del médico que parecen influir en los resultados terapéuticos positivos están su personalidad, su comportamiento, su estilo y la certeza que es capaz de transmitir al paciente. Una cualidad de los médicos/sanadores que se ha manifestado crucial “alrededor del mundo, independientemente de cómo entiendan su práctica” es la “seguridad serena, una certeza de que las cosas saldrán bien”. Así, según Moerman, “los clínicos de éxito tendrán un compromiso profundo y constante con el carácter y naturaleza de sus técnicas” (Ibid.: 41).

Otro factor identificado como importante en el encuentro clínico es la comunicación médico-paciente. De los estudios revisados por Moira Stewart, Moerman extrae un factor recurrente que parece intervenir en los resultados terapéuticos positivos: “la provisión de un contexto cuidadoso, respetuoso y empoderante”. También de estos estudios desglosa los siguientes aspectos comunicativos que afectaron síntomas como la ansiedad, la limitación física, el dolor y la presión arterial en los pacientes: “se motiva al paciente a hacer más preguntas”; “el paciente obtiene información”; ” se provee al paciente con paquetes y programas de información”; el médico provee información clara y apoyo emocional”; “el médico y el paciente se ponen de acuerdo sobre la naturaleza del problema y la necesidad de seguimiento; el médico está de acuerdo en compartir la toma de decisiones” (Ibid.: 43).

Las concepciones de Moerman resultan muy útiles para aproximarse al particular efecto terapéutico de las historias de enfermedad en los encuentros clínicos de MBN. En ellos el médico debe ser en primer lugar un oyente atento, que pregunta y escucha al paciente sin interrupción, creando conscientemente ese “contexto cuidadoso” necesario para propiciar la respuesta terapéutica positiva. Por otro lado, aparte dela “competencia narrativa” preconizada por la MBN, Moerman invita a desarrollar cierta “competencia cultural”, la capacidad de identificar y tener en cuenta el código cultural del paciente, para entender así su manera de inferir “significado”.

Arthur Kleinman, autor de la pionera etnografía médica “The Narratives of Illness”

Pero ha sido quizás Arthur Kleinman quien más ha profundizado en los significados de las historias de enfermedad desde una perspectiva antropológica. Así, en su ya clásica etnografía médica The Narratives of Illness: Suffering, and the Human Condition (1988), el autor examina los significados de los síntomas y los desórdenes y los significados personales y sociales cifrados en estas historias, desde una perspectiva transcultural. Así, en el capítulo 6 nos llama la atención sobre la variabilidad cultural de dichos significados, tomando por caso una enfermedad nerviosa “en boga” a principios del siglo XX: la neurastenia. Aunque el término se reclasificó en el DSM-III (1980) como diversos trastornos de depresión y ansiedad, aún sigue usándose en Japón, China e India como categoría de diagnóstico. Así el mismo desorden se llama hoy en América y en China con términos diferentes y se aborda con tratamientos diferentes en dos mundos sociales y culturales enteramente diferentes. Al enfocarse en los significados de los síntomas para el paciente, la familia y los profesionales médicos en dos entornos socio-culturales específicos tan distintos, Kleinman busca explorar la influencia de estos entornos en la aparición, desarrollo y resultados de la enfermedad, y a su vez en sentido contrario, de la enfermedad en dichos entornos (Kleinman 1988: 104).

Otros autores han estudiado los beneficios de la propia actividad narrativa en esta construcción del significado. Así, la historia de enfermedad creada por el paciente, o co-creada entre médico y paciente, contribuye a dar sentido a la experiencia y a reformularla con nuevos significados (Kalitzkus & Matthiessen 2009: 81). En ese sentido Mike Bury ha sugerido que la enfermedad representa una disrupción en la experiencia de vida, y postula que las personas que padecen una enfermedad sienten la necesidad a restablecer su equilibrio vital, de forma particularmente intensa en experiencias de enfermedad crónica. La narrativa se convierte en este contexto en un instrumento poderoso para expresar y reparar la disrupción biográfica (Fioreta et al. 2016). En este sentido, Zhou et al. revisaron varios ensayos clínicos controlados con Intervención en Escritura Expresiva (EWI en inglés) donde se pidió a pacientes con cáncer de mama escribir sobre experiencias negativas del pasado, y se evaluó los efectos que tuvo la elaboración narrativa de estos eventos dolorosos en la salud emocional y física de las pacientes (Ibid. 2016).

(Extracto del ensayo C. Rodríguez, Marian (2017) ” ‘El Poder de las Historias’: Usos Contemporáneos de la Narración Oral'”. Madrid: UCM-Cuadernos de Trabajo.  ISNN 2603-8722)

 

 

El extractor de gusanos

 

(Una historia real, por  Marian Colina)

 

En la isla de Skye encontré un hombre cavando en la playa. Le observé desde las lajas de piedra, sin sospechar que aquella extensión inane de arena y guijarros albergaba un universo.

-¿Qué  está sacando?

-Gusanos para cebo.

El hombre era un “extractor profesional de gusanos”. El mismo había acuñado la expresión para demarcarse de los cavadores casuales, que horadaban las playas británicas  en busca de carnaza para redondear sus subsidios de desempleo.

-Extraen cualquier birria para venderla por dos peniques. Así abaratan el gusano.

Me mostró un  gusano del grosor de un dedo, negro, rollizo, brillante. Mirarlo me hizo salivar.

– No hay nada comparable a los recios  gusanos escoceses.  Los gusanos ingleses son débiles y anémicos. Aquí los alimenta la Corriente del Golfo.

El extractor cavaba una zanja rectilínea, impecable, con una horca de jardinero. En cada movimiento extraía tres o cuatro gusanos. Parecía fácil.

-¿Quieres probar?

Empuñé torpemente la horca y la hinqué en la arena. Un mujerío de gaviotas y atrapaostras nos miraba desde las rocas. Todos los charcos desaguaron en mi trinchera, succionando  mis zapatillas en el fango. No encontré un solo gusano: de pronto se habían desvanecido.

-Un poco más profundo. Hay que moverse rápido, bloqueando el agua para que no entre en la zanja: profundidad, rapidez, estamina.

  Algo me decía que fallar en algo tan tonto daría el tiro de gracia a mi autoestima. El hombre me observaba  en silencio, liándose un cigarro de Golden Virginia.  Sospeché que no estaba evaluando  mi técnica,  sino mi carácter. Su extraña autoridad me animó del deseo de no defraudar.  Mi primer gusano emergió ensartado en un diente de la horca.  Su sangre era roja como la humana. El hombre lo desprendió suavemente, mostrándome sus manos teñidas de amarillo.

-Iodina natural. Uno puede restregársela en los cortes, y las heridas cicatrizan.

Arrojó  el gusano muerto en un bote de plástico. Los guardaba en conservante para un amigo de Cornwall.

-Él vende los gusanos muertos a los turistas.  No hay  nada más triste que una vida desperdiciada.                  

Las palabras pronunciadas al azar hacían  fácil mella en mi espíritu. Pensé en mi propia vida de gusano desperdiciado.  De pronto, por patético que fuera, obtener un verme representaba la primera responsabilidad seria, el primer desafío en semanas.

– Estoy buscando un ayudante. Si te gusta la intemperie, el trabajo es tuyo.               

Yo venía  huyendo de mi destino de camarera en  Londres. Buscaba aire, un desierto frío donde rumiar  mi derrota.  Extraer gusanos estaba a la altura de mi  insignificancia. Acepté. Era el mes de Diciembre cuando me hice aprendiza de extractor.

-Hola me llamo Chris –me dijo extendiendo su mano-. Bienvenida a la isla de Skye.

La casa del Chris era un refugio de náufragos. Había  dos patos de Heaste con las alas cortadas, dos gallinas rescatadas de una granja incendiada en Waternish, un escocés alcohólico expulsado del hotel aledaño, un mochilero surafricano… y yo misma. Me conmovió el fuego de leña, las puertas sin llave de la casa y de su Montego con ranchera. El extractor era viudo. Vivía con sus jornaleros, casi siempre viajeros de paso en busca de chamba ocasional. Trabajaban unos meses en el gusano y el berberecho, y luego seguían su ruta.

Las  mareas gobernaban su vida y su cuenta corriente. Había ordenado los pagos directos en torno a las grandes mareas del plenilunio: el día 7 la hipoteca, el 20 la factura de la luz, el recibo del gas y el impuesto del ayuntamiento.   Nuestro devocionario era el Libro de Mareas, que obteníamos del Maestro de Puerto de Kyle de Lochalsh y del sitio web de  Admiraltyde.

Trabajábamos las dos mareas diarias. Llegábamos a la playa dos horas antes de la marea baja, para aprovechar la extensión de arena que iba desnudando la bajamar. Nos convertimos en seres lunares. Nuestra vida rotaba con el satélite: cada día las mareas bajas era una hora más tarde, a las 9 am y pm, a las 10 am y pm, a las 11 am y pm…y así la jornada de “pesca” se iba adentrando en la madrugada. La luna también acortaba o dilataba nuestro horario de trabajo: duraba dos horas en las “mareas pequeñas” de invierno y luna nueva y cuatro en las “mareas grandes” de plenilunio y primavera. Nuestros sueños y comidas se desperdigaban entre mareas, y teníamos un aspecto ojeroso y somnoliento, curtido por el viento y el salitre. Al despertar a horas bizarras, mirábamos con extrañeza a las criaturas diurnas, el cartero, la tendera y el repartidor de leche.

También  estudiábamos las isobaras en BBC Weather, en busca de signos de  galerna. A veces  la lluvia y el viento Norte impedían la marea baja. Sujetaban tercamente  la lámina líquida sobre las playas, burlando los pronósticos del Libro de Mareas. Entonces el extractor gritaba a los elementos:

-¡No seré vencido!

Chris conocía todas las playas de aquel litoral escocés. Siempre había alguna costa más resguardada, donde corríamos con el Montego para apurar los minutos de la marea baja. Unas veces nos llevaba a la gazmoña Camuscross, otras a la mística Glenbrittle, otras a la embrujada Lower Breakish, con su pozo de druidas, su cementerio de náufragos y sus pallozas desoladas por los vikingos. Cuando Chris se cansaba de Skye cruzábamos el puente a Kyle de Lochalsh, para explorar el litoral de “tierra firme”: las bahías de Kishorn y Ross-shire y los gloriosos bosques de Torridon. Era un paraje de páramos fríos, crestas y ventisqueros, ensenadas de olas bravas y turberas donde ululaban el viento y los fantasmas. Donde otros perseguían glifos celtas y plesiosauros, nosotros  codiciábamos gusanos.

Vestíamos pantalones y chaquetas impermeables, y botas “wellies” de goma amarilla que habían puesto de moda las granjas de salmón. De noche usábamos frontales de luz halógena, que nos daban un aire de contrabandistas. El frío nos cortaba las caras a pesar de los pasamontañas, pero al cabo de cavar unas trincheras nos  quedábamos en camiseta, aunque estuviera nevando. En los días de galerna no salíamos a trabajar: “así es el trabajo en el mar”, decía Chris, pero él se aventuraba solo. No defraudaba a sus clientes por un viento de nueve nudos.  Salía de puntillas para no despertarnos, y conducía el Montego entre un revuelo de maderos y plafones de uralita arrancados de los garajes, así fueran las tres de la mañana. Todo por un puñado de gusanos.

Las primeras semanas en mi extraño oficio el extractor me dio un cubo pequeño, que llamaba “el Cubo Psicológico”. Me entrenó en el ejercicio de “los doce gusanos”. Detectó un pedazo de playa con varios montículos de arena arremolinada: todos eran madrigueras de Arenícola Marina. Dibujó un cuadrado pequeño en torno a doce aberturas, cavó una zanja con precisión de cirujano y sacó doce gusanos.

-Sólo el verdadero profesional es capaz de encontrar los doce gusanos. Los aficionados  cavan extensiones enormes para sacar cuatro gusanos. Ignoran las  costumbres del animal y destrozan la playa.  Las colonias tardan tres meses en regenerar. Por culpa de esos idiotas los  ecologistas nos tienen bronca. Dicen que espantamos a los pájaros y sacamos metales pesados a la superficie. Pero el extractor profesional  cuida de sus playas, las trabaja como el campesino que labra sus campos, rotando y dejándolas reposar.

El cavado forzaba una curvatura anómala en la espalda, un estiramiento desigual de los abdominales. El agua nos calaba los impermeables desgastados y anegaba las botas.  El frío nos rompía la cara, las palmas se llenaban de durezas, los dedos se entumecían y el viento castigaba los riñones.  Al volver  de madrugada, los aprendices de extractor caíamos reventados en la moqueta. Desde su mecedora, Chris se reía de nuestra flojera. Luego cojeaba hasta la cocina y nos hacía una taza de té.

Apenas dormía. Me preguntaba si su fuerza se debía a su “muerte clínica de tres segundos”, como uno de esos raros dones que adquieren los redivivos. Años atrás había quedado paralizado por un accidente de moto. Entonces gritó: “No seré vencido” y a los dos años volvió a caminar con un leve renqueo. Tenía la rutina de los seres míticos. Hablaba con los animales. Escuchaba diez veces al día el Cd de los Temptations, mientras liaba con parsimonia sus cigarritos de Golden Virginia. Solo los viernes salía para jugar su ritual partida de billar en el King’s y apurar unos vasos de Morgans. El resto de la semana cavaba playas con flema imperturbable, bajo la lluvia, la nieve o la galerna.

Yo a veces me  sentaba al borde de la zanja apurando un cigarro de liar, repasando las perspectivas de vida en Londres y Madrid. A unos metros, el extractor de gusanos seguía cavando metódicamente, con el vigor de una pala excavadora. Su perfil encorvado recortaba una silueta de gigante.

-Los extractores de gusanos son una raza aparte. A todas horas, truene o granice, siempre excavando malditos gusanos. Pero  es la sensación de libertad. No hay nada como conversar con las focas y los atrapaostras. No  hay nada como trabajar con la fuerza más poderosa de la Tierra, el bendito Océano.

Las matemáticas del gusano eran simples: ocho peniques la pieza, pago a destajo. Durante el primer mes, yo solo podía extraer ciento cincuenta gusanos por marea, doce libras en tres horas. La barrera de los ciento cincuenta gusanos parecía infranqueable. En los pubs de Kyleakin el extractor escuchaba mi frustración al amor de un vaso de Morgans.  Los varapalos de Londres habían minado mi confianza. Tras varias pintas de Guiness, le confesé mi sueño de seguir estudiando y viajar a Suramérica.

-En casa hay un ordenador conectado a internet, por qué no aprovechas para planear en calma tu próximo paso, sin las angustias económicas de Londres.

Noté  un dejo compasivo en sus palabras. Sentí que le estaba defraudando como aprendiza de extractor. De pronto se encendió la chispa mi viejo orgullo. En la madrugada le observé detenidamente. Mimé sus movimientos, ordené a mis músculos cavar más rápido, sin claudicar.  Hinqué la horca verticalmente, mordiendo pedazos más finos de arena.  Esa noche salté el umbral de los doscientos, y pocas mareas después alcancé los  trescientos cincuenta, los cuatrocientos, y los cuatrocientos cincuenta. Desarrollé una obsesión sectaria: el oficio se convirtió en primitivo ritual de superación. El  humilde gusano marino empezó a hablarme .Aprendí a leer en la arena el más leve indicio de actividad subterránea.  Aprendí a cavar  la roca madre, en la arena gruesa de coral y en  la gravilla de conchas, donde los gusanos crecen largos y  gruesos como morcillas.  Mis ojos se avezaron, se acostumbraron a ver la cabezas ciegas y rollizas brillando entre la grava de coral, o en el sedimento de  conchas.   Cada día, cada madrugada, al regresar de la playa, soñaba con gusanos. Cuando cerraba los ojos, solo veía gusanos, gusanos, gusanos…

Lavábamos la captura en la rampa del muelle de Kyleakin. Solo cuando estaba limpia de barro y gravilla se apreciaba su verdadero volumenLos gusanos siempre parecían más recios, más grandes, más brillantes en el cubo de Chris.

-Yo soy el primer profesional, tú eres la segunda profesional-, me dijo un día. Por primera vez en meses, sentí orgullo. Gracias los gusanos. Y gracias al extractor de gusanos.

En aquel tiempo hice de todo para quedarme al lado de Chris: empacar pescado, mariscar berberechos y mejillones, arreglar barcos con fibra de vidrio, trabajar en la pesca submarina de navaja… Me debatía entre la sed de raíces y la sed de horizontes. Me gustaba la vida del mar, pero quería seguir estudiando y cruzar a Suramérica. Un día los patos volaron, y mi carpa de reparar barcos se perdió en los cerros, arrancada por un golpe de viento. Cuando abrí mi correo electrónico, encontré un mensaje desde el otro lado: me ofrecían una oportunidad de campo en el Ecuador.

En el apeadero de Kyle de Lochalsh, Chris puso algo en mi mano y la cerró entre sus manos recias.

-Para que te ampare en tus viajes.

Era la medalla de San Christopher que durante años había protegido su barco.

-Él era un gigante que ayudaba a los viajeros a vadear el río.

Desde el puente a Kyle de Lochalsh divisé su robusta humanidad cojeando hacia el Montego. Admiré por última vez la belleza de aquella isla, el abrupto perfil de los Cuillins, el amado Mar del Norte cabrilleando de caballos blancos. Supe que algún día volvería a encontrar al extractor de gusanos.

Al volver con mi mochila destazada, él estaría embadurnando su taco al amor de un vaso de Morgan’s, otro viernes de billar en el King’s.

Diario de campo

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